Historia

Antecedentes

Desde hace mucho tiempo la Arquidiócesis de México ha enfrentado grandes y complejos desafíos pastorales, en virtud de sus dimensiones geográficas, pero sobre todo por la densidad de su población. Sin contar los episodios más antiguos de su historia y, partiendo sólo de los años 50s, del siglo pasado, de ella han nacido varias otras diócesis, como Toluca y Texcoco, que a su vez han tenido que ser subdivididas para dar paso al nacimiento de otras como Tlalnepantla, Nezahualcóyotl, Cuautitlán, etcétera, hasta llegar a las más recientes: San Juan Teotihuacan y Tenancingo.

A pesar de esas divisiones y subdivisiones, que se han multiplicado con el paso de los años, las necesidades espirituales de las personas continúan demandando la atención de sus pastores. Es por esto que desde tiempo atrás se ha emprendido una búsqueda en la organización de la Arquidiócesis de México, con el objetivo de lograr mayor eficacia en el trabajo pastoral. Ha sido en esta actitud de búsqueda como se han tenido diversas experiencias organizacionales: gerencias, zonas pastorales y vicarías episcopales.

La hoy Vicaría Episcopal “San Felipe de Jesús”, antes de ser constituida como tal, fue erigida como Gerencia, a finales de los años 1960. Al mismo tiempo se instituyeron la Gerencia Noroeste de Azcapotzalco, con sede en la Parroquia de los Apóstoles Felipe y Santiago y la Gerencia Noreste de la colonia Río Blanco, con sede en la Parroquia Perpetuo Socorro.

Esa antigua Gerencia fue creada por el Señor Cardenal Miguel Darío Miranda y encabezada por Monseñor Jorge Durán Piñeiro, quien como primer gerente llevó a cabo la unificación de las parroquias y rectorías; estructuró la Gerencia con su consejo, secretario y senador; además inauguró las reuniones mensuales del presbiterio.

En 1974 deja de llamarse Gerencia y se le da el nombre de Zona Pastoral, tutelada por un delegado episcopal. El primer delegado fue el padre Juan Cerda, religioso teatino con domicilio en la Parroquia Sagrada Familia de la colonia Gertrudis Sánchez; también se nombró a un Subdelegado que fue el padre Antonio Terraza, religioso de la Tercera Orden Regular.

Después le sucedió en el cargo Monseñor Carlos Rogel, domiciliado en la Parroquia La Resurrección del Señor, de la colonia Unidad Habitacional San Juan de Aragón, 2ª sección. Dicha parroquia era la sede de la Delegación Episcopal en 1979, año en el que fue transferida al obispo Javier Lozano Barragán, quien tomó posesión de la misma, pero ya como Vicario Episcopal de la III Vicaría.  Cabe destacar que ese mismo año se erigieron las ocho Vicarías Episcopales.

Los padres “Basilianos” de la Parroquia San Juan Crisóstomo, del Pueblo de Aragón, regalaron el actual edificio al Señor Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, brindando con este generoso gesto, una sede definitiva a nuestra III Vicaría.

 

La Vicaría se distinguió entonces por vivir los siguientes

 

Valores

Gratitud: para alabar incansablemente al Espíritu Santo, por haber hecho posible esta obra.

Amor: para seguir con fidelidad al único buen Pastor; para corresponder con respeto, cariño y docilidad a los presbíteros que han sido elegidos para encabezar estos trabajos, y para brindar la propia persona a través del servicio y la caridad a todos los fieles de Dios.

Justicia: para tributar nuestro reconocimiento y gratitud a los hombres que han liderado la Vicaría y también por todos nosotros, que la hemos construido con nuestro propio trabajo y convicción.

 

Enseñanzas 

Recoger las lecciones útiles para nuestro apostolado.

Ejercer nuestro sacerdocio con gran entusiasmo.

Juntar ciencia, virtud y acciones apostólicas.

Cultivar la bondad que es el brillo de la caridad.

Sembrar las palabras portadoras del ramo de la paz en los corazones humanos.

Nutrir el cuerpo místico de Cristo, mediante la práctica de las obras de misericordia.

Estimar el valor de la vida interior y de la dignidad sacerdotal.

 

  • Primero
  • Segundo
  • Tercero
  • Actual

Su talento en nuestra III Vicaría fue la luz clara que iluminó su gobierno y su servicio hacia los sacerdotes y laicos.

Llegó con el entusiasmo de su recién adquirido sacerdocio episcopal, rodeado de claridades, con el fulgor de obispo sabio e inteligente, cuyos resplandores iluminaron nuestra Vicaría en tal forma, que nos llevó a confiar en su ciencia para profundizar en los misterios de nuestra religión, en una época en la que aún dominaba un pensamiento preconciliar al Vaticano II. Así, su actitud  motivó a actualizar una formación también preconciliar.

Poseía una gran capacidad mental, que le abría paso a través de innumerables dificultades. Siempre se mostró firme en sus decisiones, sin torcer un punto en su marcha hacia el ideal propuesto: primero, el crecimiento intelectual de sus sacerdotes; segundo, el avance profundo de los laicos en el compromiso cristiano.

En todas las obras que realizó el Cardenal Lozano era claro el impulsó y el sostén que obtenía del Espíritu Santo, por un lado como hombre de fe, y por otro, como pastor, evidentes en su ser, en su inteligencia, en su capacidad de gobierno como obispo.

Esta inteligencia le sirvió para tener una visión clara de las realidades de su zona vicarial; para tener un profundo conocimiento de sus sacerdotes y laicos; para resolver los problemas y necesidades de la Vicaría; para ofrecer medios de crecimiento integral a sus sacerdotes; para organizar su consejo, decanatos y distribución de servicios; para ofrecer su experiencia, fruto de su observación y sagacidad.

Era reconocido por su amor intenso a la verdad y su culto ciego a la sinceridad, que siempre trató de inculcarnos.

Se dedicó con empeño a la tarea de actualizar en el Magisterio a los sacerdotes, para que a través del estudio y profundización de diversos documentos, se brindara un mejor servicio a los fieles.

Preparó planes y programas para la formación integral de los laicos, con el fin de que pudieran llegar a ser formadores de los grupos que estuviesen a su cargo.

Bajo su autoridad realizamos en 1981 el “Plan de Evangelización para conmemorar los 450 años de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe” en tres etapas: 1979, preparación; 1981, realización y 1982, post misión

Durante estos años buscamos cumplir los objetivos de la Misión: la conversión de las personas, el establecimiento de centros de comunión y participación, y la transformación de los ambientes.

En 1982 realizó la visita pastoral a todas las parroquias y rectorías de la Vicaría, la cual resultó útil, provechosa y eficaz para el mejoramiento espiritual de sacerdotes y laicos.

En los años de su gobierno estableció como prioridades: la familia, las vocaciones, la unidad sacerdotal y la defensa de la fe frente a las sectas.

Entre otras acciones ordenó el establecimiento de la junta parroquial, elaboró un plan de pastoral para los decanatos, promovió cursos de formación para grupos y laicos, formó la escuela de catequesis con 100 alumnos, promovió cursos de Biblia con grupos de hasta 250 personas, estableció los lunes sacerdotales, con la siguiente estructura:

 

  • Media hora de meditación
  • Preparación de la homilía dominical
  • Una hora de conferencia
  • Avisos de la Vicaría
  • Convivencia sacerdotal (con un promedio de 50 sacerdotes)

 

También impulsó los encuentros sacerdotales o de presbiterio, programó los ejercicios espirituales propios de la Vicaría, celebró en 1983 el Año Jubilar de la Redención, impulsó la construcción de nuevas parroquias, etcétera.

Cumplió satisfactoriamente su oficio y todos los que le conocimos le dimos el crédito de ser un pastor bueno, sabio y prudente.

Siempre se le vio como al impactante relámpago que se desplazaba incansablemente de una iglesia a otra, solícito a cualquier petición y servicio que, tanto los sacerdotes como los fieles, le hacían al encontrarse en su presencia o solicitándola por algún medio.

Los ideales fueron el alma de las obras que realizó en su apostolado episcopal, de tal suerte que, si por sus frutos se conoce el árbol, según la enseñanza del Divino Maestro, a Monseñor Alvarado se le reconoció por su presencia constante, por su entrega, por su disposición al servicio y por su capacidad de trabajo.

Estos frutos se vieron en hechos concretos, como el impulso pastoral en la unidad que llevó a los cuatro decanatos que existían entonces; el esfuerzo por integrar a los sacerdotes mediante encuentros, retiros y los lunes sacerdotales, también promoviendo entre ellos el conocimiento de su realidad para realizar una evangelización eficaz; el apoyo a la formación de laicos como agentes de pastoral y a la inserción de estos en el consejo de Pastoral; el empuje a la catequesis evangelizadora en la religiosidad popular.

Su preocupación por los sacerdotes fue siempre una constante, pues reconocía a un presbiterio heterogéneo por el origen de su formación (33 diocesanos, 22 extra diocesanos y 54 religiosos), percibiendo que los religiosos tienen un estilo propio de trabajo pastoral que generaba una ambivalencia al enriquecer por un lado los carismas, pero dificultando por ello la unificación de criterios en orden a una pastoral integral y de conjunto.  Sin embargo, admitía la fraternidad entre ellos, nacida de la generosidad y entrega que les observaba, la cual derivaba en una convivencia positiva y en la confianza hacia él.

Durante su gobierno se promovió el derecho del laico a participar en la vida y en la misión de la iglesia, por ello se alentó su inclusión en los consejos parroquiales, en los grupos juveniles u otros movimientos apostólicos que florecieron. En el caso de los ministros extraordinarios de la comunión eucarística, se les formó para brindar este servicio y llegaron a un total de 148 en toda la Vicaría.

 

Algunas de las acciones por las que se recuerda a monseñor Abelardo son:

  • Por predicar en los templos o en las calles.
  • Por visitar amigablemente a los sacerdotes.
  • Por convivir con las familias y los laicos.
  • Por presidir actos litúrgicos.
  • Por asistir a actos sociales católicos.
  • Por impartir sacramentos.
  • Por compartir las fiestas con sacerdotes y laicos.
  • Por sus visitas alas comunidades.

Durante la visita pastoral del señor cardenal Norberto Rivera Carrera a la Vicaría, realizada en agosto de 2001, monseñor Felipe le decía “debemos agradecer al Señor el don maravilloso de la fraternidad, ya que ésta…la hemos enriquecido en nuestras reuniones”.

Justamente la fraternidad fue la clave de su acción pastoral: en su visión de Iglesia obispos, presbíteros y laicos somos hermanos, y fue por la hermandad, que se generó la unidad que identificó a la Vicaría en esa etapa.

El haber sido religioso misionero del Espíritu Santo marcó profundamente su paso por la Vicaría, en la que los pensamientos se concretaron en amores dentro del corazón, en el cual acogió, sobre todo a los sacerdotes, como un padre, o como él mismo afirmara: “como una madre…siempre dispuesto a oír y a ayudar en todo momento, sin condiciones ni restricciones”.

Su autoridad siempre estuvo al servicio de la fraternidad, pues consideraba que su autoridad era el resultado de las decisiones tomadas luego del diálogo con los sacerdotes y laicos de la Vicaría.

Su espiritualidad que promovía la caridad, le llevó a ser especialmente solidario con los sacerdotes ancianos y enfermos, otorgando ayudas económicas en ambos casos, ya fuera una pensión para los primeros, o apoyos concretos para los tratamientos de los segundos. 

Monseñor Felipe se ocupó de propiciar la espiritualidad sacerdotal, con base en el compromiso de consagración a Dios, cuya finalidad es la santificación nacida de una actitud orante y la acogida solidaria a los feligreses.

 

Durante su apostolado episcopal encabezó la Misión 2000, para lo cual preparó todo un plan de acción que consistió en:

  • Procurar que la evangelización fuera un mensaje de salvación para los fieles, en el que tomaran conciencia de su ser y hacer en la Iglesia.
  • Propagar y apoyar los centros de evangelización, para exponer los pregones.
  • Involucrar a todos los agentes de pastoral en la Misión, para acarrear bienes espirituales a todos los fieles.

 

Todo lo anterior lo hizo promoviendo:

  • El Kerigma.
  • La integración de los sacerdotes en la misión.
  • La proyección de los EMP y EMD.
  • La organización y apoyo a CEFALAEs.
  • La sectorización y visiteo en los territorios parroquiales y decanales.
  • La programación de reuniones y retiros con los EMD.

 

Estas acciones le dieron luces para organizar la Misión Permanente en:

 

-El seguimiento del proceso misionero.

  • La formación continua de los agentes de pastoral ordenados y laicos.
  • La vivencia de la espiritualidad misionera.
  • La participación en la liturgia.
  • La integración de comunidades.
  • Seguimiento a los modelos de evangelización propuestos por la Arquidiócesis.

 

Además lideró la organización del “48 Congreso Eucarístico Internacional”, como un homenaje de adoración, reflexión y oración a Jesús Sacramentado, en todo lo largo y ancho del territorio vicarial.

Ordenado el 30 de julio de 2010, el actual Obispo Auxiliar de México, para la III Vicaría, ha buscado seguir por el camino de sus antecesores, retomando los muchos valores que constituyen una gran riqueza, tanto en sus sacerdotes, religiosas y diáconos, como en sus laicos.

La primera preocupación que manifestó al iniciar su ministerio episcopal fue buscar la articulación de las distintas acciones pastorales. Dicho con sus propias palabras: “En esta Vicaría existe una gran riqueza de talentos y acciones, hay buenos planes y programas pastorales que tienen en su base experiencias muy positivas, se nota que cada quien pone su mejor esfuerzo, pero da la impresión que se trabaja aisladamente. Por tanto, es necesario, no sólo conjuntar esfuerzos, sino articular todos los proyectos, de manera que confluyan y se retroalimenten, a fin de lograr una verdadera pastoral orgánica”.

Para lograr alcanzar esa meta, Mons. Adolfo Miguel, con la ayuda del Delegado de Pastoral y de sus consejos, pidió que se elaborara un plan de pastoral vicarial con esa visión de auténtica “pastoral de conjunto”. Por tal motivo, el obispo no quiso que ese plan fuera resultado del esfuerzo de unas cuantas personas, sino un verdadero proyecto eclesial, en el cual se involucrara a todos los agentes de la Vicaría: presbíteros, diáconos, religiosas y, por supuesto, los siempre dispuestos y entusiastas laicos. Tampoco quiso que se elaboraran objetivos, ni estrategias o líneas de acción, sin antes conocer a fondo la realidad, no sólo religiosa, sino también social, económica, política, etcétera. Fue por eso que se emprendió todo un proceso de conocimiento de la realidad, por medio de miles de encuestas que se aplicaron en diversos ámbitos de la vida de las personas, creyentes y no creyentes, que viven dentro de la demarcación de la Vicaría. El resultado tanto del análisis de la realidad, como la elaboración del mismo plan ha sido bastante positivo y ya comienza a ponerse en práctica.

Somos conscientes que no será fácil la aplicación, sin la participación activa, comprometida y entusiasta, no sólo del obispo, sino de todos sin excepción. Tenemos fe en quien es el “Dueño de la Mies”, y sabemos que su presencia es la que nos alienta e impulsa.

 

¡En su Nombre, hemos echado las redes!