Homilía del III Domingo de Pascua Ciclo B "Señor Jesucristo, vivo y presente en nuestra historia, ayúdanos a ser testigos alegres de tu resurrección en medio de este mundo, donde muchas veces parece que reinan los signos de muerte"

III DOMINGO DE PASCUA

15 de abril de 2018

 

Celebramos el tercer domingo del tiempo de Pascua. Este gozoso tiempo en el que la Iglesia se regocija por la victoria de Jesucristo sobre el pecado y sobre la muerte. El acontecimiento jubiloso de la resurrección del Señor genera el “gozo del Evangelio”. El Papa Francisco nos invita a experimentar, a proclamar y a testimoniar este gozo, en medio de nuestro mundo, que vive bajo oscuros nubarrones de tristeza y desánimo, a causa de los terribles y trágicos escenarios, causados por la delincuencia, el crimen organizado y muchos otros signos de muerte.

 

La presencia del Resucitado genera vida y alegría genuina en las personas. San Lucas comenta que cuando Jesús resucitado se presentó a sus discípulos, ellos no acaban de creerlo a causa de la alegría”.  Y en el salmo hemos cantado: “¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro! Señor,
tú has dado a mi corazón más alegría que cuando abundan ellos de trigo y vino nuevo”.
 

La alegría cristiana no es circunstancial. No es reacción momentánea dependiente de realidades pasajeras. Tampoco se trata de una simple emoción psicológica. Brota de una profunda convicción de fe en Jesucristo resucitado. Esta alegría nace del saber que nuestro Salvador está vivo y presente en nuestra vida y en nuestra historia. Por eso, podemos estar alegres aún en medio de las pruebas y dificultades de la vida cotidiana.

 

En su reciente Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate (122), sobre la santidad, el Papa Francisco, afirma: “El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado. Ser cristianos es «gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17), porque «al amor de caridad necesariamente le sigue el gozo, pues todo amante se goza en la unión con el amado [...] De ahí que la consecuencia de la caridad sea el gozo». Hemos recibido la hermosura de su Palabra y la abrazamos «en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo» (1 Tes 1,6). Si dejamos que el Señor nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida, entonces podremos hacer realidad lo que pedía san Pablo: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4,4)”.

Ahora bien, la fe en el Resucitado se comparte como un testimonio gozoso, tal como lo hace el apóstol Pedro, quien en su discurso en Pentecostés proclama con gozo y firmeza:  “El Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, a quien ustedes entregaron... Pero Dios le resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello”. Pedro no anuncia el Evangelio de Cristo resucitado como exposición magistral, sino como una experiencia personal, que testifica con alegría y convicción. Es que quien ha tenido esa experiencia no puede callar. La experiencia genera por sí misma un impulso incontenible, que lleva necesariamente a proclamar “lo que se ha visto y oído” (cf. 1 Jn 1,3-4).

 

San Lucas pone un especial interés en mostrar, mediante un relato de la aparición del Resucitado a sus discípulos, que estos no son testigos de una ilusión. No ven un fantasma. Por eso Jesús los invita a constatar incluso físicamente que es él mismo (24,39-40) y, por tanto, que el que fue crucificado ahora vive resucitado. Para disipar toda duda llega al extremo de comer en presencia de ellos.

Una vez que los discípulos experimentan la presencia real del Resucitado son constituidos en testigos, también reales. Tendrán que salir a anunciar a todo el mundo el perdón de los pecados (24,47-48). Y ya que la misión sigue siendo la del Resucitado y excede las fuerzas humanas, él mismo promete el envío del Espíritu Santo.

Después de veinte siglos, la misión de Jesús quien realmente ha resucitado, debe seguir siendo también real. Somos nosotros los encargados reales de continuarla. No podemos dejar de anunciar con gozo lo que hemos visto y oído. Jubilosos por haber experimentado el encuentro con el Señor glorioso llevamos adelante su misión de anunciar la vida, en medio de tantos escenarios donde se empeñan en campear muchos signos de muerte. ¡La muerte nunca podrá vencer a la vida! ¡Éste es nuestro testimonio!

 

Señor Jesucristo, vivo y presente en nuestra historia, ayúdanos a ser testigos alegres de tu resurrección en medio de este mundo, donde muchas veces parece que reinan los signos de muerte. Enséñanos a ser portadores gozos de tu Evangelio y testigos de la vida que nos has dado. Amén.