Homilía de la VI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B "Líbranos de las discriminaciones que degradan y haz que sepamos ver siempre en el rostro del leproso, del pobre y del desvalido la imagen sufriente de Cristo en la cruz"

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

10 de febrero de 2018

 

Este domingo la Palabra del Señor, toma como punto de referencia una enfermedad muy particular que en la antigüedad representaba una realidad muy triste y lastimera. Pero más allá del problema propiamente fisiológico de la lepra y de sus consecuencias de salud pública, las lecturas se orientan hacia las connotaciones sociales y religiosas que tenía dicha enfermedad y que abren un espacio de reflexión siempre vigente.

 

El libro del Levítico describe minuciosamente ese mal endémico, muy temido por Israel y sus vecinos. La enfermedad denominada “lepra” era algo más amplio de lo que hoy se conoce como “mal de Hansen” (causada por la bacteria Mycobacterium leprae). Abarcaba una serie de enfermedades de la piel, manchas, ronchas y granos, que se extendían por diversas partes del cuerpo, y causaban repugnancia. En aquel tiempo, muchas de esas no tenían curación, lo que aumentaba su temor. Pero lo más grave de todo estaba en que los leprosos eran considerados “impuros” y se les exigía vivir en lugares aislados, lejos de la familia y del resto de las personas, para no contaminarlas.

 

Marginados y condenados al aislamiento, sin familia ni amigos y exhibiendo su terrible desgracia, para que nadie se acercara, los leprosos tenían que gritar, como dice el Levítico: “¡Estoy contaminado¡ ¡Soy impuro!”. Impuros y rechazados, ni siquiera encontraban consuelo en su religión, pues estaban inhabilitados para el culto. Sin poder trabajar, el leproso quedaba condenado a vivir de limosna y compasión ajenas, como “apestado” y sobre todo con el estigma de considerarse castigado por Dios.

Lo dicho podría considerarse hoy como producto de una cultura puritana, intolerante y discriminatoria. Muchos levantarían la voz para denunciar tal situación, y con razón, o etiquetar a aquella sociedad como violatoria de los derechos humanos.. Sin embargo, además de que debemos ubicarnos en el tiempo y en el contexto cultural de la época, es una gran oportunidad para mirar nuestra propia realidad. Si somos honestos, nuestra sociedad no está tan lejos de actitudes insensibles y discriminatorias. Es común en las “sociedades modernas”, egoístas e individualistas, la insensibilidad ante los necesitados, el rechazo a los pobres, a los que no tuvieron la oportunidad de estudiar, a los indígenas, migrantes, discapacitados… Personajes, como Donald Trump, son reflejo de un estilo de sociedad.

 

El Papa Francisco advierte sobre la cultura del “descarte”: “Con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive... Los excluidos son desechos, «sobrantes»” (EG 53). Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (EG 54)

 

Jesús no se fija en las apariencias. Mira el corazón. No sólo acepta que se le acerque un hombre marginado por ciertas normas, sino qué Él mismo se le aproxima. El leproso, a pesar de la prohibición de acercarse a las personas, por su exclusión social y religiosa, con la fuerza de su fe, supera todo límite. La súplica “si quieres puedes curarme” expresa de fe y confianza en Jesús, quien no sólo se le aproxima, sino que “le extiende la mano, incluso, lo toca”, infringiendo las normas. Pero no se trata sólo de trasgredir lo ordenado, sino que este gesto expresa sobre todo la cercanía, la compasión y la ayuda al necesitado, lo que queda constituido como norma suprema.

 La expresión de Jesús: “¡Sí, quiero!”, manifiesta una profunda sintonía con el leproso. No se contenta con mirar desde lejos la miseria de un marginado, sino que se identifica con él, carga su dolor y lo transforma en salvación. De un indeseable, Jesús rescata un ser humano que puede presentarse dignamente, interior y exteriormente restablecido, ante los sacerdotes, autorizados para certificar su pureza. El Reino lo están construyendo los excluidos y los despreciados. El ex-leproso, se deshace en alabanzas y pregona por doquier lo grandioso de la Buena Nueva. Y es que cuando los pobres evangelizan, hacen más creíble la Palabra. Jesús no se queda mirando con lástima. Él se compromete y actúa, y también cree en la capacidad y en la valentía de los pobres y despreciados a tal grado que les confía la construcción de su Reino.

 

La mano extendida de Jesús toca, cura y rompe barreras y es para nosotros un signo que nos llama al compromiso. No teme entrar en contacto con las personas, ni contaminarse con la miseria humana, incluso con el pecado, que decide cargar. Esto nos alienta para acercarnos a Él a pesar de nuestra indignidad. Él nunca nos rechaza, por indignos. Quiere sanarnos, pero también nos llama a romper las barreras que hemos ido construyendo en torno a los “modernos leprosos”: desamparados, mendigos, enfermos, ancianos, migrantes, indigentes, etc.

 

Por medio de nosotros, Jesús “quiere” seguir tocando, bendiciendo, curando y devolviendo la dignidad a los leprosos de hoy. Pero necesitamos quitar las barreras, derribar los muros para abrir paso a ellos  y hacernos sensibles y misericordiosos como Jesús. Que a través de nuestras manos siga tocando y acariciando, a través de nuestros ojos mirando con alegría y ternura, y a través de nuestro corazón uniendo, restaurando y humanizando.

 

 

Hoy san Pablo nos proporciona algunas claves para el seguimiento de Jesús: “Todo lo que hagan ustedes… háganlo para gloria de Dios… Yo procuro dar gusto a todos, sin buscar mi propio interés, sino el de los demás, para que se salven..” Y el Apóstol nos reta a que seamos sus imitadores como él lo es de Jesús, porque de esta manera también nosotros podremos tener las  mismas actitudes de amor y compasión que tuvo Cristo.

 

Líbranos Señor del pecado que divide. Líbranos de las discriminaciones que degradan y haz que sepamos ver siempre en el rostro del leproso, del pobre y del desvalido la imagen sufriente de Cristo en la cruz, para que así nos dispongamos a colaborar en la obra de la redención humana y a proclamar ante los hombres tu misericordia. Amén.