Homilía del II Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B "Jesús,viene a tu encuentro y por este encuentro, hacernos su santuario. Eliminemos todo tipo de barreras que nos impiden experimentar su cercanía"

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

14 de enero de 2018

 

Hermanos en Jesús, quien viene a nuestro encuentro

 

La palabra de Dios en este domingo trata un tema de gran relevancia: “El encuentro”. Esta capacidad con la que Dios nos ha dotado, nos hace ser personas. Nadie puede vivir en el aislamiento. Fuimos creados para la apertura. Somos “seres para el encuentro” de unos con otros, para la convivencia. Esto significa no sólo “co-habitar” en un mundo, sino “con-vivir” realmente, es decir, compartir la vida.

 

Hay encuentros y encuentros. Están los que transforman y enaltecen, pero también por desgracia, los que denigran. Con pena vemos muchos escenarios donde los seres humanos no se encuentran para “convivir”, sino  para enfrentarse, destruir y matar. Explotación, subyugación, trata de personas, agresión, violencia, corrupción…, son encuentros de muerte que generan tristeza y desolación, deshumanizan y denigran. Pero lo importante es que también existen muchas formas de encuentro que dan vida, como las que nos propone hoy la Palabra de Dios.

 

La primera lectura narra el episodio de la vocación de Samuel como profeta, mientras que el evangelio nos habla del primer encuentro de dos discípulos de Juan el Bautista con Jesús. Estos pasajes presentan ejemplos elocuentes de aquellos encuentros capaces de transformar y dar sentido a la vida.

 

La historia de Samuel es sugestiva. El libro que lleva su nombre refiere que en aquellos tiempos no era frecuente la palabra de Dios y, todavía más aún, que aquel chico era aún incapaz de reconocerla. En otras palabras, la posibilidad encontrar a Dios estaba prácticamente cerrada.

Se dibuja una triste realidad, sobre todo porque la escena ocurre en el santuario de Siló, es decir, en un lugar que debía propiciar el “encuentro” con el Señor. Pero los hijos de Elí, endurecieron el corazón, se apartaron de Dios y manipularon la religión en beneficio propio. El pueblo sufría. Pero el Señor habla, susurrando en medio de la noche, aunque el pequeño Samuel todavía no sea capaz de reconocerlo.

 

Samuel se hallaba en el santuario, donde su madre desde pequeño lo había confiado al sacerdote Elí. Una noche oye una voz que lo llama por su nombre: “¡Samuel, Samuel!” Él piensa que es Elí quien lo llama. Sin embargo no es éste, sino el mismo Dios. En esta narración llena de colorido, destaca la disponibilidad del joven Samuel para responder al llamado de Dios. Esta actitud es precisamente la que abre paso al genuino encuentro, incluso con el mismo Dios,

 

Otro aspecto que también destaca e interpela con fuerza es la cerrazón a la Palabra divina, al grado que pareciera que Dios no habla. La falta de disposición impide la escucha de su Palabra. Muchas veces nos taparnos los oídos y después nos lamentemos de que el Señor no nos habla, es más, que ni siquiera nos escucha.

 

Samuel, una vez que supo que era Dios quien le hablaba responde, aconsejado por Elí, con gran decisión: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. Esta respuesta expresa disposición incondicional. Es la actitud esencial que da paso al encuentro genuino y que dignifica a las personas y abren espacio al encuentro con Dios. Estos son los encuentros que cambian la vida y transforman, aunque a veces parezca difícil y hasta imposible generarlos, sobre todo cuando nos enfrentamos cada día a tantas situaciones deplorables de odio, rechazo, intolerancia, marginación, explotación, violencia, agresión…  

 

En el evangelio, san Juan nos relata el encuentro de los primeros dos discípulos con Jesús. No es una narración anecdótica, sino el relato de un encuentro que transforma y orienta la vida. Aquellos hombres escucharon que Juan se refirió a Jesús como el “Cordero de Dios”, por eso desearon seguirlo. Se disponen a ser sus discípulos, lo que implicará un cambio definitivo en sus vidas. ¿Por qué quieren seguirlo? No por simple curiosidad. Los impactó que Juan Bautista haya presentado a Jesús como “El Cordero de Dios”.

 

Al verlos Jesús les pregunta sobre su disposición: “¿Qué buscan?”. Cuando ellos le interrogan: “¿Dónde vives, Rabí?”, no solicitan simple información. Expresan algo más: “¿Dónde podemos encontrarte, para estar contigo?” Jesús les responde: “Vengan y lo verán”. Estos hombres desean encontrarse con Jesús, entrar en su vida, estar con él, ser su comunidad. Jesús no se protege ni guarda distancias. Se abre al encuentro personal, los acoge e invita a su morada. Este encuentro lleva a la comunión con él.

 

Estar con Jesús reorienta la vida, da sentido nuevo a la existencia y hace descubrir la propia misión. Para Pedro, este encuentro le significa incluso cambio de nombre. Deja de llamarse Simón para ser Kefás (piedra, roca). Es un encuentro que transforma totalmente.

 

También a nosotros Jesús nos invita a encontrarnos con él, a que le preguntemos “¿dónde vives?” Él nos invitará: “Vengan a ver”. Vayamos a estar con él, a escucharlo, a ser parte de su familia. Él hará de nosotros un santuario donde habite. Para encontrar a Jesús necesitamos estar dispuestos a reconocerlo en la vida cotidiana y permitir que trastoque nuestros intereses. No nos quiere cambiar el nombre, pero sí que cambiemos nuestras actitudes y prioridades. ¿Estamos dispuestos a tener un encuentro real y profundo con Jesús?

 

Un encuentro auténtico nos lleva a comprometernos a ser santuarios de Dios y a respetar a los demás como templos del Espíritu. Así nos recuerda hoy san Pablo en la Primera Carta a los Corintios. La manipulación y la comercialización del cuerpo humano a través de cualquier forma, el desprecio al sano pudor, la pornografía, el mal uso de la sexualidad y la burla a la intimidad humana, van en contra del valor sagrado que Dios ha creado en nosotros. Una verdadera educación debe salvaguardarlo. San Pablo cuestiona: “¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y que habita en ustedes?”.

 

Asumir el valor sagrado de nuestro cuerpo nos lleva a un mayor respeto a la dignidad y derechos de las personas. Somos templos de Dios… Por eso termina diciendo Pablo: “No son ustedes sus propios dueños, porque Dios los ha comprado a precio muy caro”. Recordemos, Jesús ha dado su vida y su sangre por nosotros.

 

Jesús, nuestro Salvador viene a nuestro encuentro. Quiere “convivir” con nosotros, y, por este encuentro, hacernos su santuario. Eliminemos todo tipo de barreras que nos impiden experimentar su cercanía. Dejémonos encontrar con él y experimentemos la alegría de la salvación que nos ofrece.

 

 

Padre Dios, que has venido a nuestro encuentro en tu Hijo amado Jesús, y en él quieres encontrarte con cada uno de nosotros, haz que seamos de prepararnos a ese encuentro y permítenos ese mismo encuentro transforme nuestras vidas. Amén.