Homilía del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Todos recibimos dones divinos, cada quien las asume y ejercita con responsabilidad y decisión personal, son también tareas insoslayables en las que hay que trabajar, depende de nosotros si las ejerci

XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

12 de noviembre de 2017

 

Hermanos en Jesucristo, Sabiduría del Padre.

 

Estamos llegando al final del año litúrgico y hace apenas unos días hemos conmemorado a los fieles difuntos. En este contexto, la Palabra de Dios, al mismo tiempo que nos ilumina acerca de la suerte de los que han dejado este mundo, nos invita a estar preparados para ir también nosotros al encuentro del Señor, no sólo cuando ocurra nuestra muerte, sino también al final de los tiempos, cuando Cristo vuelva y todo llegue a su recapitulación..

 

La comunidad de Tesalónica estaba preocupada por lo que pasaría con sus difuntos. Esperaban la venida de Jesús como algo inminente y pensaban que era necesario estar vivos para ser llevados con él. Sin embargo, san Pablo se encarga de disipar estas inquietudes y preocupaciones. Les explica que la muerte no impedirá ir al encuentro con el Señor, pues cuando venga hará resucitar a los que ya han muerto. Por tanto, todos, vivos y difuntos podemos participar por igual en ese encuentro y así “estar para siempre con el Señor”.

 

El Apóstol desea acabar con la tristeza que provocaba a los hermanos de Tesalónica la incertidumbre por la suerte de los que ya murieron. Es muy claro: “No queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes como los que no tienen esperanza”. Es que para los que no tienen esperanza la muerte es un destino fatal y el fin de todo. Después de la muerte no hay más que esperar. Pero no puede ser así para los que tenemos fe, “pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con él”.

Por su parte, el pasaje el evangelio de hoy ilustra cómo hay que actuar si en realidad deseamos participar de ese encuentro y queremos estar “para siempre con el Señor”. Jesús compara el Reino de los cielos con un grupos de diez jovencitas que se preparan para un participar en una fiesta de bodas. Cinco eran previsoras y las otras cinco, descuidadas.

 

En tiempos de Jesús era costumbre celebrar de noche las bodas, por lo que el cortejo solía llevar antorchas encendidas. Las jóvenes previsoras, además de las luminarias llevaron también el aceite (que se les untaba para alimentar el fuego), las descuidadas sólo llevaron las antorchas. Como tardaba el esposo, les entró el sueño y se durmieron. A media noche se oyó un grito: “¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!” Entonces las descuidadas pidieron aceite a sus compañeras, pero como no alcanzaba para todas, no lo pudieron recibir. Mientras fueron a comprarlo, llegó el esposo. Las previsoras entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta, pero las descuidadas ya no pudieron entrar.

 

La parábola nos exhorta a estar preparados para el encuentro con el Señor. Si lo vamos haciendo así en cada momento de nuestra vida, podremos también estar preparados en el momento de nuestra muerte e, incluso, en el final y definitivo. ¿Qué significa estar preparados? No es sólo estar despiertos. Hay que reunir las condiciones de la preparación. Tampoco se trata sólo de resistir el sueño, pues de hecho todas las jóvenes se durmieron. La diferencia estuvo en que cuando llegó el esposo, unas sí estaban preparadas y las otras no.

 

Ser previsores significa tener capacidad de respuesta en todo momento a lo que Dios nos va pidiendo. Es vivir en actitud de auténtica fe y genuina esperanza, ejerciendo la caridad con el prójimo. La esperanza a la que se refiere san Pablo no es pasiva y estática. Todo lo contrario, es activa y dinámica.

La previsión de la que habla el Evangelio se inscribe en la dinámica de la existencia cristiana. Significa mantenerse en actitud de disposición y respuesta pronta y constante a Dios. No hay que pretender que llegue el último momento para intentar corresponder a su gracia. Si queremos estar preparados para el encuentro final y definitivo con el Señor, necesitamos ejercitarnos aquí y ahora, viviendo la auténtica fe y la genuina esperanza, en esfuerzo constante y decidido, inspirado siempre por el amor a Dios y a nuestro prójimo.

 

El simbolismo del aceite transita por esa comprensión. Entonces, no es que las jóvenes previsoras se hayan portado egoístas al no proporcionarlo a sus compañeras. El aceite que mantiene encendida la “antorcha de la preparación” se refiere básicamente a las actitudes fundamentales de la existencia cristiana: Fe, esperanza y caridad, junto con las demás virtudes. Éstas no pueden prestarse. Cada quien las recibe como don divino, las asume y ejercita con responsabilidad y decisión personal. Los dones que Dios otorga gratuitamente, son también tareas insoslayables en las que es preciso trabajar incansablemente. Depende de nosotros si los asumimos y ejercitamos o si los descuidamos.

 

Estar preparados para el encuentro del Señor es, en otras palabras, corresponder a la voluntad del Padre en todo momento. Pero es necesario aprender a discernirla, mediante la sabiduría que viene de Él mismo. Ella es también don y tarea. En la primera lectura encontramos un elogio a la sabiduría divina. Es “radiante e incorruptible; con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan…” Más aún, “a los que son dignos de ella, ella misma sale a buscarlos por los caminos”. Como todos los demás dones de Dios, se puede acceder a la sabiduría mediante una actitud de disposición y aceptación.

 

La sabiduría divina es una forma de referirse a Dios y a su presencia, que guía e ilumina nuestra vida. Ella nos muestra el camino seguro y, si la recibimos, nos capacita para abrirnos siempre a Cristo, quien es “Poder y Sabiduría de Dios” (1 Cor 1,24). Él se presenta cada día a nosotros para que lo recibamos vigilantes y con amor y para seguirlo como sus discípulos y misioneros. De otro modo, corremos el riesgo de ser como las jóvenes de la parábola que, por no prever lo necesario, quedaron fuera del banquete de bodas, es decir, excluidas de participar de la alegría de “estar con el Señor”.

 

 

Padre, que te complaces en quienes aman tu sabiduría y te das a conocer a quienes la buscan, haz que seamos dignos de participar en el banquete de tu Hijo. Que no se acabe el aceite ni se extinga la luz de nuestras lámparas, sino que nos mantengamos vigilantes y preparados para ir a tu encuentro y al de Cristo que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.