Homilía del XXXI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Dios y Padre nuestro, que nos has dado como “Maestro” y “Guía” a tu Hijo amado, haz que sepamos creer realmente en él y a seguirlo como auténticos discípulos suyos"

XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

05 de noviembre de 2017

 

Hermanos en Jesucristo nuestro Maestro y Guía

 

El evangelio de este domingo nos refiere las severas críticas que Jesús dirige a los escribas y fariseos, con las consiguientes exhortaciones para quienes creemos en él. Este fragmento del evangelio viene preparado por el Profeta Malaquías, quien cuestiona fuertemente a los sacerdotes judíos. La segunda lectura, en cambio, nos muestra la maravillosa actuación de san Pablo con las comunidades que ha fundado.

 

Por medio del profeta Malaquías, cuyo nombre significa “Mensajero del Señor, amonesta a los sacerdotes judíos, puestos para el servicio de Dios y para enseñar la ley al pueblo. Pero ellos no han sido fieles a su misión y sólo han buscado su propio interés. Por eso reciben serias advertencias: “Si no me escuchan y no se proponen de corazón dar gloria a mi nombre, yo mandaré contra ustedes la maldición”. Se les reprocha: “Ustedes se han apartado de mi camino, han hecho tropezar a muchos en la ley… Por eso yo los hago despreciables y viles ante todo el pueblo, pues no han seguido mi camino y han aplicado la ley con parcialidad”.

 

La misión de los sacerdotes, herederos de la bendición divina es trasmitir esta misma bendición a los demás. Gracias a ella es posible alcanzar la prosperidad, hacer frente a las situaciones de la vida y, de este modo, conseguir la tan anhelada felicidad. Pero si los sacerdotes no están unidos de verdad a Dios, tampoco pueden comunicar la bendición. Al contario, comunican maldición, ya que se convierten en un mal ejemplo para el pueblo. En vez de ayudar en la relación entre Dios y el pueblo, le ponen trabas y obstáculos. En lugar de enseñar en la ley de Dios, generan confusión y caos. Por eso Dios les reprocha, a través de Malaquías.

 

Jesús, por su parte, también dirige reproches a los que ocupan el sitio desde donde se enseñaba en nombre de Dios. Advierte a la multitud: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos”. Añade:  “hagan todo lo que les digan, pero no imiten sus obras”. Jesús reconoce que esos hombres, aunque tienen autoridad para enseñar, sin embargo son incoherentes y no practican aquello que enseñan. Aquí el problema no es de “ortodoxia” en la doctrina, sino de “ortopraxis” en la acción.

 

Los escribas y fariseos imponen cargas pesadas a los demás, que ellos no son capaces de mover ni con el dedo. Además de la evidente incongruencia entre el decir y el actuar, tiene lugar también una visión equivocada del ejercicio de la autoridad. Ésta es básicamente un servicio, para el bien de la comunidad. Busca la convivencia ordenada y pacífica entre las personas. No es un poder opresor para subyugar a los demás.

 

Otro reproche de Jesús a los escribas y fariseos tiene que ve con su manera ostentosa de proceder: “Todo lo hacen para que los vea la gente”. En vez del servicio, buscan la admiración de los demás. Es por eso que ejecutan una serie de prácticas con fines de ostentación, para recibir halagos. Se trata de actitudes plagadas de soberbia y vanidad, que nada tienen que ver con el servicio que debieran prestar. Al contrario, se sirven a sí mismos y a su propio “ego”. Ya en el Sermón de la Montaña Jesús había advertido contra tales actitudes. Pedía ejercitar la limosna, el ayuno y la oración sólo por amor a Dios y a los hermanos, sin buscar la alabanza de los hombres (Mt 6,1-18). Cuando eso se hace para ser vistos, se pierde el sentido genuino, que es la gloria de Dios y el bien de los hermanos.

 

Enseguida, Jesús dirige exhortaciones a sus discípulos. Les pide renunciar a títulos, incluso a los que tendrían derecho: “Maestro”, “padre” o “guía”.  “Maestro” era un título honorífico que se otorgaba a quienes se consideraba cualificados para instruir en la ley de Moisés (‘rabí’ o ‘rabino’), la cual contenía la enseñanza de Dios para su pueblo. Sin embargo es sólo Jesús quien realmente puede enseñar en nombre de Dios, pues ha sido enviado por Él. Por eso es el único “Maestro”. También pide no llamar “padre” a ningún hombre sobre la tierra, no porque no lo sean los que engendran físicamente, o porque de suyo se deba prohibir, sino para evidenciar que el “Padre” de todos es Dios, origen de toda paternidad, y por quien todos somos hermanos. Del mismo modo hay que entender que Jesús es el único que puede conducir realmente en el camino hacia Dios: Él es el único “guía” (literalmente “kategetos” “catequista” o “instructor”). Por tanto, no es posible usurpar los títulos que de origen corresponden a Jesús y al Padre.

 

La enseñanza principal de Jesús en este pasaje es que la actitud fundamental de sus discípulos está en la línea de la fraternidad y de la coherencia entre la fe y la vida. Su proyecto no se basa en ostentaciones plagadas de vanidad, ni en la búsqueda de poderes, sino en la auténtica comunión de los hermanos que reconocen a Dios como el “Padre” y a Jesús como el “Maestro” y “Guía” que conduce a Él. Esta visión genera relaciones de auténtica fraternidad. La consecuencia necesaria es la congruencia entre la fe y las obras y el servicio generoso y desinteresado hacia los demás. Así se puede superar la tentación egoísta de buscar la propia gloria o los intereses mezquinos.

 

San Pablo nos ofrece un bello ejemplo de esa actitud auténticamente cristiana. En vez de apelar a su autoridad de apóstol de Cristo, se presenta ante la comunidad de Tesalónica, “con la misma ternura con la que una madre estrecha en su regazo a sus pequeños”. Esta actitud del Apóstol corresponde plenamente a la orientación que Jesús nos da en el evangelio. No sólo fraternal, sino incluso maternal, tierna y generosa.

 

 

Dios y Padre nuestro, que nos has dado como “Maestro” y “Guía” a tu Hijo amado, haz que sepamos creer realmente en él y a seguirlo como auténticos discípulos suyos. Que nuestra fe no sea sólo de palabra, sino que la sepamos vivir y testimoniar con las obras, en actitud genuina y congruente.  Amén