Homilía de la Solemnidad de la Santísima Trinidad tiempo Ordinario Ciclo A "Ayúdanos a valorar la revelación de tu Misterio Trinitario y a agradecer siempre el don que nos das de participar en ese Misterio de Amor, haz que proclamemos: Gloria al Padre, y

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSMA TRINIDAD

12 de junio de 2017

 

Hermanos en el Hijo eterno del Padre, dador del Espíritu Santo

 

Aunque hemos concluido el tiempo litúrgico de la Pascua, con la solemnidad de Pentecostés, la fiesta de hoy nos mantiene en el ambiente pascual. Celebramos la Santísima Trinidad, el Misterio que nos lleva hasta la misma intimidad de Dios y que se nos revela como Dios de amor. Es el amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres personas distintas, pero cuya unidad es tan plena y perfecta que forman un solo y único Dios. Es también el Misterio del Padre quien nos ha amado tanto, al enviarnos a su proio Hijo, cuyo amor ha llegado al extremo de entregarse por nosotros. Es el Misterio del Padre y del Hijo que nos han dado al Espíritu de amor.

 

El Misterio de la Trinidad Santísima no fue revelado de improviso, sino de manera progresiva. En el AT nada se sabía de la existencia de tres personas en Dios. Hubo sólo discretos asomos, porque la insistencia fue subrayar la unidad y unicidad de Dios, es decir, enfatizar que Dios es uno solo, que él es el único y verdadero Dios. Tal insistencia fue absolutamente necesaria porque así, cuando llegó la Plenitud de la revelación, el Hijo habló del Padre y del Espíritu Santo, sin dar lugar a confusiones. No se trata de tres dioses, sino de uno solo, cuya esencia es el Amor y que, por tanto, ha amado desde toda la eternidad, aún cuando el mundo no existía.

 

Si bien el AT presenta muchas veces al Dios todopoderoso, cuyo nombre ni siquiera se puede pronunciar, también enfatiza que ese Dios soberano, uno y único, es también el Dios presente en la vida y en la historia humana. Así, en la lectura del libro del Éxodo que hemos escuchado, aparece el Dios de Israel descendiendo en una nube y haciéndose presente. Él se revela como un Dios amoroso: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. No sólo es el Omnipotente, fuerte y terrible, Señor de cielos y tierra, sino también el Dios cercano a los seres humanos, el que se compadece y perdona, el Dios que ama.

 

Sin embargo para llegar conocer realmente el Misterio Trinitario de Dios, ha sido preciso esperar muchos siglos, hasta que Jesús, en la plenitud de los tiempos nos lo ha revelado. Se presenta a sí mismo como Hijo de Dios, en su sentido más pleno: es el Hijo único y, por tanto, predilecto. Es el Hijo unido al Padre de una manera excepcional, como él mismo lo señala: “El Padre y Yo somos uno” (Jn 10,30). Y el Padre y el Hijo son quienes dan al Espíritu Santo.

 

Pero Jesús no sólo ha venido para darnos a conocer cómo es la vida interna de Dios, la relación de amor con su Padre y el Espíritu Santo. No sólo quiere que conozcamos un misterio de amor infinito, que ni siquiera somos capaces de comprender, puesto que nuestra inteligencia no alcanza. Jesús viene ante todo a enseñarnos que ese amor infinito ha salido de su intimidad divina, para proyectarse en la vida y en la historia humana.

 

En el evangelio que hemos escuchado, Jesús dice con toda claridad: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. En el diálogo con Nicodemo, Jesús hace una de las afirmaciones más fuertes en cuanto a ese amor tan grande que Dios ha tenido para con el mundo. Se trata un amor jamás imaginado, al grado de entregarle a su propio Hijo. Algunos se han preguntado si era necesario que Dios llegara a esos extremos. En realidad “no”, pero entonces, ¿qué mejor manera para que Dios expresara su amor al mundo? En teoría no era necesario, pero tampoco habría otra forma mejor de manifestar un amor tan grande para nosotros.

 

Al mismo tiempo que Jesús dice que Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo sino para salvarlo, también advierte con claridad: “El que cree en él no será condenado, pero el que no cree, ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios”. Esta afirmación tiene varias implicaciones. Mencionamos sólo tres:

 

1. La salvación es un don gratuito que el Padre nos ofrece en su Hijo Jesucristo. Pero está en nuestras manos aceptarlo o rechazarlo.

 

2. Como dice Jesús en el evangelio de san Juan: salvación y condenación no son sólo realidades futuras, como a veces las hemos entendendido (después de la muerte). Ellas están presentes ya en nuestra vida e historia. Las personas vivimos, aquí y ahora, en el dinamismo gozoso de la salvación o en la tragedia terrible de la condenación. La diferencia está en creer o no en el Hijo de Dios.

 

3. Pero también, creer en Jesús no es sólo cuestión de palabras. Es una opción que se manifiesta en nuestra vida cotidiana. Podríamos sintetizarlo en una frase. “vivimos o no como creyentes en Jesús, como nuestro Mesías y Salvador”. El testimonio es fundamental.

 

Por tanto, el Misterio de la Trinidad Santísima que estamos celebrando no es algo lejano y abstracto. Es más bien una realidad que tiene que ver directamente con nuestra vida. Así también lo dice san Pablo al invitar a estar alegres, trabajando por la perfección, viviendo en paz y armonía, y señala: “Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes”. Ya no se trata sólo del Dios que descendió en una nube en el Sinaí, sino del Dios aún más cercano, del Dios amor que nos entregó a su Hijo, hecho semejante a nosotros y muriendopor nosotros, del Dios que nos invita a vivir en comunión con él, ya que hemos sido bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y desde entonces la Trinidad Santa habita en nosotros con toda plenitud.

 

Gracias a la fe en el Hijo único de Dios podemos vivir ya aquí y ahora la comunión con el Dios de amor. Por tanto, toda nuestra vida cristiana está marcada, transformada y dinamizada por el Misterio de la Santísima Trinidad. Es una vida de comunión con estas tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, desde nuestro bautismo. Éste nos ha introducido en el sublime Misterio trinitario, en la comunión de las tres personas divinas.

 

Los demás sacramentos, refuerzan nuestra comunión con el Dios Uno y Trino. En la confirmación el Espíritu Santo viene a nosotros con mayor plenitud, para impulsar y dinamizar nuestra vida de fe, en la Eucaristía le pedimos al Padre que envíe al Espíritu Santo a fin de que el pan y el vino que ofrecemos se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo. Y lo pedimos para que al recibir el alimento eucarístico, el Espíritu Santo nos transforme y nos introduzca cada vez más profundamente en la vida de amor de la Trinidad.

 

 

Padre Dios, que nos has amado tanto, hasta darnos a tu propio Hijo y gracias al Espíritu Santo, nos guías al conocimiento pleno de la Verdad, ayúdanos a valorar la revelación de tu Misterio Trinitario y a agradecer siempre el don que nos das de participar en ese Misterio de Amor, haz que proclamemos: Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo…