Homilía III Domingo tiempo de Cuaresma ciclo A "Gracias, Padre Bueno, por darnos el “agua viva”, la que brota del sublime manantial, el costado abierto de nuestro Redentor"

III Domingo de Cuaresma

19 de marzo de 2017

 

Hermanos y en Jesucristo, quien nos da el “Agua Viva”

 

Llegamos al tercer domingo del tiempo de la Cuaresma, que nos prepara a celebrar el Misterio Pascual de Jesucristo. Desde hace siglos, la Cuaresma ha sido y sigue siendo un tiempo propicio y privilegiado de preparación para el bautismo, en la Vigilia Pascual. Por eso la liturgia nos propone algunos domingos de este tiempo temas relacionados con algunos símbolos bautismales. El día de hoy es sin duda el más significativo: el AGUA.

 

El agua está ligada a la vida. Todo ser vivo requiere de agua, aunque sea en algún porcentaje pequeño. Nuestro planeta está compuesto en dos terceras partes de agua. El cuerpo humano al nacer se compone de un 80% de agua, y de un 70% en la edad adulta. Por eso el vital líquido está siempre asociado a la vida. Tampoco es extraño que la vida haya iniciado precisamente en el agua.

 

También en la Biblia el agua posee un enorme y profundo significado simbólico, como aparece desde la creación misma o en el diluvio que abre paso a una nueva creación y a una nueva humanidad. Hoy el libro del Éxodo presenta una escena de Israel por el desierto: “El pueblo torturado por la sed fue a protestar contra Moisés, diciéndole: ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed, a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado”. Una experiencia humana de las más duras es la de la sed (se puede vivir varios días sin ingerir alimento, pero no sin beber líquidos). Israel en esta angustiosa necesidad física se rebela contra Moisés y contra Dios, pero encuentra también oportunidad para que el Señor le manifieste su presencia y cercanía. El Señor le ordena a Moisés golpear la peña del Horeb con el mismo bastón con el que antes había golpeado el río Nilo. De la peña brotó agua para dar de beber al pueblo. La sed, que llevó a la duda y a la rebelión, de crisis pasó a ser oportunidad, la de descubrir al Dios de quien depende la vida. Y sobre todo entendió que sus dudas y rebeliones lo ponían en una situación más críticas que la sed física misma. El pasaje proyecta una verdad: sólo Dios es quien puede saciar la sed y dar el agua de la vida.

 

Por su parte, el Evangelio de san Juan presenta a Jesús regresando de Judea a Galilea, atravesando Samaria. Desde varios siglos atrás, los samaritanos eran mal vistos por los judíos, pues no sólo se habían separado y mezclado con paganos, sino que además habían construido su propio templo y tenían sus propias escrituras sagradas (el Pentateuco samaritano). Por eso los judíos los consideraban gente infiel y no deseada. Jesús, cansado de su camino, llega a un lugar llamada Sicar, que Jacob entregó a José (Gn 48,22; Jos 24,32) y donde se encontraba el llamado Pozo de Jacob.

 

Estando sentado en el brocal del pozo, se acerca una mujer a sacar agua y Jesús le pide de beber. Ella se sorprende de la petición, sobre todo por lo que implicaba la difícil relación entre judíos y samaritanos. La respuesta de Jesús tiene un profundo significado: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua viva”. La mujer no entiende las palabras de Jesús, por eso le repica: “ni siquiera tiene con qué sacar el agua, ¿cómo entonces le puede dar agua viva?”. Parece contradictorio que un hombre sediento pueda ofrecer agua; sin embargo el ofrecimiento que recibe la samaritana no es cualquier agua, ni siquiera el agua del pozo de Jacob, sino  “el agua viva”. La mujer no sabe de qué se trata.

 

San Juan ofrece un dato que parece irrelevante, pero que tiene un gran sentido. Anota que esos hechos ocurren en “la hora sexta” (medio día), la misma hora en que el Señor, en la cruz, volverá a tener sed (Jn 19,28), y le ofrecerán una esponja empapada en vinagre. Pero es también en ese mismo momento supremo de su entrega cuando su costado es abierto por una lanza y de él sale “sangre y agua”. El sediento físicamente, por lo que implica su crucifixión (fatiga, hemorragia, agotamiento), es el mismo que dará el agua viva.

Desde los primeros siglos, “el agua y la sangre” que manan del costado abierto de Cristo han sido entendidos como el Espíritu Santo y los sacramentos de la Iglesia, sobre todo el Bautismo y la Eucaristía. Desde la antigüedad durante el tiempo de la Cuaresma se preparaba, y todavía hasta ahora, los catecúmenos para recibir el sacramento del bautismo, en la Vigilia Pascual. Por eso el aspecto bautismal está muy presente. Pero es igualmente importante aprovechar este tiempo litúrgico para volver la mirada hacia nuestro propio bautismo, cuando renacimos, por el agua y el Espíritu, a la vida que Dios nos da en su Hijo amado. En el bautismo recibimos el “don de Dios”, el “agua viva”. Las aguas bautismales nos han dado la vida genuina de hijos de Dios. Jesús ha saciado nuestra sed.

 

Hay que evitar una terrible paradoja. Nosotros, habiendo recibido en el bautismo el agua viva del sublime manantial del costado de nuestro Redentor, podemos seguir con sed, como Israel por el desierto, a causa de la rebelión. Muchas veces, a pesar de haber recibido el agua viva, experimentamos la sed que provoca el pecado, cuando por echar en saco roto el don de Dios, quedamos vacíos, cual recipientes rotos, lleno de agujeros, por donde se escapa la gracia.

 

Esta Cuaresma la Palabra del Señor nos invita a redescubrir la grandeza del don recibido en el bautismo. San Pablo nos recuerda que por Jesucristo hemos obtenido con la fe, la entrada al mundo de la gracia. No la desperdiciemos, siendo recipientes rotos, pues corremos el riesgo de quedarnos sumidos en la aridez, en la sequedad. La samaritana aprovechó el encuentro con Jesús. Al menos se cuestionó si sería el Mesías. Nosotros que hemos vivido el encuentro personal con Cristo en su Misterio Pascual, no podemos desaprovechar esta gran oportunidad de experimentar la vida plena que nos ha otorgado.

  

 

Gracias, Padre Bueno, por darnos el “agua viva”, la que brota del sublime manantial, el costado abierto de nuestro Redentor. Permítenos que sepamos valorar el don de nuestro bautismo y no echarlo en saco roto, para no tener sed y ser también portadores del agua viva, la única capaz de saciar este mundo sediento por sus pecados y rebeliones. Amén.