Homilía del I Domingo de Cuaresma ciclo A "El Señor nos llama a vivir unidos a él, para que la gracia del Nuevo Adán, Jesucristo, redunde en nosotros"

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

05 de febrero de 2017

 

Hermanos en Jesucristo, que nos ha redimido con su sangre

 

Desde el miércoles pasado hemos iniciado el tiempo de la Cuaresma. Con el signo de la ceniza manifestamos nuestro de deseo de prepararnos, con la penitencia, la oración, la austeridad y sobre todo con la práctica de la caridad, para llegar purificados a celebrar con Cristo su victoria pascual.

 

La Cuaresma no es una meta en sí misma, sino un camino, no es objetivo, sino medio para alcanzarlo. Deseamos llegar a celebrar el misterio de Cristo muerto y resucitado. El Papa Francisco nos advierte: Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua (“EG 6). La Cuaresma es pues un tiempo en el que la Iglesia, como el pueblo de Israel, y como el propio Jesús, atraviesa el desierto para alcanzar una promesa. La nuestra es la que nos hizo Cristo Jesús con su muerte y resurrección.

 

Hay tres desiertos o formas de transitar por éste, enfrentando las tentaciones: 1) Israel marchó durante cuarenta años por el desierto, fue sometido a la tentación y sucumbió, cayó en la desesperación, la rebelión y la idolatría, al grado de fabricarse un becerro de oro para adorarlo; 2) Jesús, al iniciar su ministerio, pasó cuarenta días en el desierto y a pesar de ser también sometido a la tentación no cayó en ella, sino que se mantuvo fie a su Padre celestial; 3) la Iglesia, al vivir el tiempo litúrgico de la cuaresma, recuerda que transita hacia la Pascua, la celebración anual, pero también camina hacia la Pascua eterna. En este caminar, muchas veces nos enfrentamos a la tentación y podemos elegir entre las dos opciones: seguir el ejemplo de Israel o el de Jesús: sucumbir a la tentación o mantenernos a Dios. Hacer una opción es indispensable.

Pero, ¿qué es la “tentación”? Las lecturas de hoy nos ayudan a comprender. El Génesis dirige la mirada hacia los albores de la humanidad. No pretende informar sobre hechos pasados, sino ofrecer enseñanzas: Dios creó al ser humano a su “imagen y semejanza” para hacerlo partícipe de su señorío sobre todo lo creado; le otorgó dones como inteligencia, libertad, voluntad y la capacidad de decidir. Esto es maravilloso, pero al mismo tiempo conlleva una gran responsabilidad. El ser humano, invitado a vivir el proyecto de Dios, tendrá la “tentación” de rechazarlo.

 

En la tentación interviene un personaje emblemático, “la más astuta de las creaturas”, la serpiente. Ésta, en la antigüedad, llegó incluso a ser divinizada. Israel luchó contra tal divinización, y aquí aparece como la encargada de “poner a prueba” la libertad humana. Su pregunta es capciosa, inducida y tendenciosa: “¿Es cierto que Dios les ha prohibido comer de todos los árboles del jardín?” Cuando la mujer aclara que sólo tenían prohibido comer del árbol del centro del jardín, la serpiente asegura que si comen el fruto prohibido serán como Dios mismo, conocedores del bien y del mal. Adán y Eva cayeron en la tentación, pues quisieron ser dioses. Sin embargo, pretendiendo autonomía frente a Dios, sólo se dieron cuenta de su miserable desnudez, más que en sentido físico, en su condición de creaturas vulnerables y débiles, al apartarse de Dios. Las simbólicas hojas de higuera son intentos fallidos de cubrir una desnudez imposible de ocultar.

 

Lejos de ser una anécdota del pasado remoto, el relato del Génesis es emblemático y válido para todos los tiempos. Retrata al ser humano que busca alcanzar conocimiento y sabiduría al margen de Dios y, a veces incluso, en contra del mismo Dios. Es la historia que se repite aquí ahora, en una sociedad que se jacta de su autonomía y rechaza a Dios. El ser humano, pretendiendo ser el artífice de su propia historia, sin Dios, cae en esa trampa. Al querer autoproclamarse él mismo como “dios”, lo único que logra es poner en evidencia su propia desnudez, su debilidad y miseria. Entonces busca hojas de “higuera”, intentos fallidos de cubrir su triste realidad y sus vacíos existenciales. 

 

Por su parte, el evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús, “Nuevo Adán”, fiel al Padre y a su proyecto de salvación. Después del bautismo es conducido al desierto por el Espíritu. El desierto es lugar de prueba pero también oportunidad para templar y fortalecer la fidelidad. Quien no pasa por la tentación tampoco tiene la oportunidad de ser fortalecido. Después de ayunar 40 días, Jesús siente hambre. Entonces el Diablo se le presenta.

 

La primera tentación inicia con palabras aduladoras: “Si eres el Hijo de Dios…” En el bautismo, Jesús fue reconocido como “Hijo amado” del Padre. El Demonio recoge este título para tentarlo de forma muy sutil. El Tentador, en su tarea de tentar a las personas usa la sutileza (nada que ver con las imágenes de terror con las que frecuentemente se le asocia), usa palabras aduladoras y lisonjeras: “si eres capaz de autodeterminación”, “si eres audaz”, “si quieres aprovechar esta oportunidad”, etc.

 

Pero en realidad lo que el Tentador le propone a Jesús va en contra de la dignidad de Hijo de Dios. Quiere inducirlo a que use sus poderes divinos en provecho propio. Si tiene poder para multiplicar el pan y saciar multitudes, “¿por qué no hacerlo ahora en su propio beneficio?” Sería lógico. Sin embargo Jesús nunca usa la condición divina para su conveniencia; ni en Getsemaní pedirá a su Padre un ejército de ángeles (Mt 26,53). Lo que el Padre le ha dado no es para sí mismo sino para la salvación del mundo. Jesús responde al Tentador: “No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Esta respuesta indica que para Jesús hay algo más importante que su propio beneficio personal: hacer la voluntad de Dios, expresada en su Palabra.

 

La segunda tentación, es aún más insidiosa, pues se vale de la Escritura misma. Si Jesús responde con la Escritura sagrada, también el Tentador lo hace, pero con manipulación. Usando el texto de un salmo, le dice a Jesús: “Si eres el Hijo de Dios, arrójate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles para que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos...” El Demonio conoce la Escritura, la cita de memoria y la manipula para poner trampas. Le sugiere a Jesús que sea él mismo quien “tiente a Dios”, a su Padre celestial, obligándolo a Dios a intervenir en su favor.

 

Jesús rechaza también esta tentación, citando una vez más la Escritura: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios. Le demuestra que no es lícito servirse de la Palabra de Dios para manipular y llevar a una conducta contraria a lo que ella enseña. Tirarse desde la parte más alta del templo es algo presuntuoso y que quiere obligar a Dios a hacer un milagro.

 

¿Alguna vez hemos actuado como el Tentador, exigiendo a Dios que haga milagros? Necesitamos interrogarnos y saber bien qué es lo que le pedimos a Dios. Que no sea un provecho egoísta contaminado de presunción vanidosa, que incluso puede llevarnos a nuestra propia perdición. Jesús nos enseña a ser dóciles al Padre, a no buscar imponer la propia voluntad, sino por el contrario, hace la voluntad del Padre, sabiendo que aquí radica el mayor bien.

 

La tercera tentación aunque parece ridícula, es muy seductora. El Tentador, mostrándole en un instante todos los reinos de la tierra, le promete a Jesús todo el poder si se postra ante él y lo adora. El Demonio pretende ser dueño de todos los reinos, y puede darlos a quien él quiera. La condición es que se le reconozca como amo y señor. Pero esto constituye la negación de la adoración que sólo se debe a Dios.

¿En qué sentido los reinos de la tierra le pertenecen al Demonio? La tierra y todo el universo son propiedad de Dios, sin embargo los humanos, llamados a ser colaboradores en la creación, cuando nos apartamos del proyecto original, pervertimos su sentido y nos apoderamos de lo que sólo pertenece a Dios. Es entonces cuando entregamos la creación al Maligno, para que rija la injusticia, le explotación, la mentira, la muerte, el odio… Por actitudes soberbias y egoístas, hemos dejado que sea el mal el que imponga su reino y que sea el Demonio quien gobierne. Esto lo vemos en muchos escenarios mundiales, nacionales y locales. Quien, como Adán busca vivir al margen de Dios y se autoproclama él mismo como “dios”, buscando el poder, el dinero, la riqueza, el dominio sobre los otros, a costa de lo que sea, así sea destruyendo o asesinando, en realidad se está postrando ante el Demonio, le tributa ofrendas de dolor y sufrimiento, le ofrece, hasta embriagarse, la sangre de inocentes. Estos son los reinos entregados en las manos del Demonio.

 

Jesús es el Señor del universo, pero no según el Tentador. Su autoridad sobre el cielo y la tierra la obtiene por la obediencia al Padre, hasta la muerte. Por eso rechaza esta tentación, citando otro pasaje de la Escritura: “Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto”. Éste es el primero de los mandamientos. El mundo pertenece únicamente a Dios y Él es el único Señor.

 

De ese modo, Jesús venció las tentaciones en el desierto, incluso las más insidiosas. En efecto, hay muchas tentaciones, pero las más peligrosas son las que tiene apariencia de bien, las enmascaradas, que incluso no parecen tales, “¿y por qué no, si soy libre?”, “¿y por qué no, si muchos lo hacen?”, “¿y qué tiene de malo?” Fácilmente podemos entrar a formar parte de los reinos que pertenecen al Tentador. Pero hoy, en el inicio de este camino cuaresmal, el Señor nos llama a vivir unidos a él, para que la gracia del Nuevo Adán, Jesucristo, redunde en nosotros.

 

 

Señor Jesús, que pasaste cuarenta días en el desierto, y después de ayunar, en tu humanidad sufriste las tentaciones, pero lograste mantenerte fiel a la voluntad del Padre, ayúdanos a no correr la suerte del Pueblo de Israel, que sucumbió a la tentación, sino a seguir tu ejemplo de fidelidad, por intercesión de María Santísima, Madre tuya y Madre nuestra, la que hizo siempre la voluntad de Dios.    Amén.