Iluminación

Echando las redes en nombre de Aquel en quien hemos confiado, nos disponemos a llevar a cabo la renovación y reformulación del plan pastoral para la III Vicaría Episcopal de la Arquidiócesis de México. Una vez que el análisis objetivo de la realidad, ha venido a sacudir nuestra conciencia de creyentes y a interpelar nuestra sensibilidad de pastores, queremos ahora observar esta misma realidad desafiante, pero desde la visión que nos da la fe en el Dios vivo, presente y actuante en la historia humana.

Partimos de una convicción fundamental que nos mueve e impulsa a la acción: Asumir la mirada de Dios frente a la realidad significa, adoptar la actitud del buen samaritano que no se contenta con ver y seguir de frente, sino que decide mirar para comprometerse con ella y entrar decididamente en la dinámica de la transformación. Esto es precisamente lo que pretendemos al emprender la tarea que nos hemos trazado en esta Vicaría. Hoy queremos lanzar la mirada sobre esa realidad que nos interpela y desafía, desde la visión del Dios que quiere salvar a la humanidad por medio de su Hijo Jesucristo, con la poderosa acción del Espíritu Santo.

Es evidente que permitir ser iluminado desde la visión de Dios representa una empresa de enorme magnitud, imposible de agotar. La luz que emana de la Palabra divina, escrita o recibida por tradición, la enseñanza proveniente de los grandes maestros de la fe y el Magisterio mismo de la Iglesia, representan abundantes manantiales y fuentes inagotables donde nos podemos encontrar con las grandes riquezas de la Verdad revelada.

Ante el universo de retos que nos plantea la realidad y ante la riqueza inabarcable de la luz que emana de Dios, no nos queda sino conformarnos con ser selectivos, por eso hemos optados por centrar nuestra atención en las cuatro grandes prioridades de nuestro plan pastoral, en clave de “renovación”: la primera, de la que parten y en la que se cimentan las demás, es la renovación del corazón, misma que exige una auténtica conversión pastoral; además nos fijamos de modo prioritario en la renovación de la misión, de la formación y de las estructuras. Las fuentes de iluminación que privilegiamos aquí son, además de la Sagrada Escritura, el II Sínodo Diocesano, el Documento de Aparecida y las Orientaciones anuales del Señor Arzobispo, nuestro Pastor.

Sabemos que esa opción selectiva representa ciertamente una limitación, pues la riqueza de la revelación es enorme, pero también somos conscientes de que ante la imposibilidad de agotar tan copiosos campos, hemos sólo de espigar en los campos más cercanos y que de primera mano nos lleve a iluminar los derroteros más inmediatos de nuestro caminar como pueblo de Dios, que peregrina en esta Iglesia Particular.

  • I Renovación del Corazón

    Dios se manifiesta como Padre, Hijo y Espíritu Santo, en una relación de personas en comunión. Cristo lleva a cabo su misión redentora formando una comunidad de apóstoles y de discípulos. Las comunidades de creyentes, surgidas de la Pascua del Señor y de la efusión del Espíritu en Pentecostés, forman las primeras iglesias. La Iglesia debe ser por tanto, la expresión concreta de la comunión que viven las personas que creen y esperan en Cristo.

    Ésta es la más alta vocación del hombre: entrar en comunión con Dios y con los hombres, sus hermanos. Para favorecer la comunión de espíritu y de corazón entre quienes han sido llamados a servir en una comunidad, se hace necesario cultivar cualidades requeridas en toda relación humana: cortesía, amabilidad, sinceridad, control de sí, delicadeza, sentido del humor, espíritu de participación, todas ellas como expresiones de la virtud fundamental del cristiano, la caridad.

    Del don de la comunión, proviene la tarea de construir la fraternidad. Buscar la unidad en la diversidad. La unidad es el valor supremo. 

    El mismo Dios que es el autor de la unidad, lo es de la diversidad por eso el que violenta la unidad lo hace contra el Espíritu y quien vulnera la diversidad, atenta también contra el Espíritu.

    En el proceso de renovación, aparece la comunicación como un factor humano de creciente relevancia para la vida en comunidad. La exigencia más sentida de incrementar la vida fraternal de una comunidad conlleva la necesidad de una auténtica comunicación que propicie el diálogo.

    A imitación de la primera comunidad de Jerusalén (cf. Hch 2,42), la Palabra, la Eucaristía, la oración y la asidua fidelidad a la enseñanza de los Apóstoles, propician las grandes obras de Dios entre los hombres que, en este contexto, cobran luz y generan alabanza, gratitud, alegría, unión de corazones; apoyo en las dificultades diarias y fortalecen en la fe.

    En todos nosotros ha de rehabilitarse la convicción de que la comunidad encuentra un especial impulso en la Liturgia, sobre todo por la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos. Entre éstos merece una renovada atención el sacramento de la Reconciliación, a través del cual el Señor aviva la unión con él y sus hermanos.

    Son muchas las urgencias ante las cuales el corazón humano se ha de sensibilizar, mucho más cuando se asume seguidor de Jesucristo. El proceso continuo de nuestra transformación en la imagen de Cristo es un proceso de conversión continua.

    Hoy se pide a los sacerdotes una nueva conversión:

    La del trabajo y vida de equipo en los decanatos, la de la apertura y disponibilidad a las nuevas formas de trabajo pastoral en las parroquias -sectorización, promoción laical, procesos de conversión y catequesis, sobre todo de adultos, fe traducida en obras de justicia y de paz- es un reto a la organización de los Decanatos y al trabajo de equipo sacerdotal y eclesial.

    Todo esto deberá hacerse sin descuidar lo ordinario que, sin duda, tiene que ser hoy realizado de manera extraordinaria en la caridad pastoral (ECUCIM, Presentación nn. 16-17).

    También a los laicos se les pide una nueva conversión para:

    Asumir su papel específico, en las tareas de la Nueva Evangelización en la familia, el trabajo, la universidad, los sindicatos, los partidos políticos; asúmanlo como obreros, como profesionistas, como universitarios, como funcionarios, así como su papel de padres de familia, de novios, de hermanos, de vecinos. Sin esta conversión, no será posible la evangelización de culturas que es el sentido principal del proyecto misionero (ECUCIM, Presentación n. 24).

    Por lo tanto, a los laicos les atañe:

    Enfrentar desde su conciencia cristiana los problemas más lacerantes que estamos viviendo: desempleo, disolución familiar y comunitaria, corrupción intolerable, falta de participación ciudadana… les corresponde un protagonismo en la realización de las esperanzas y búsquedas de nuestra sociedad mexicana: el avance democrático, la búsqueda de alternativas de los modelos de desarrollo, el robustecimiento de la sociedad civil (ECUCIM, Presentación n. 23).

  • II Renovación de la Formación

    El proceso del Plan Pastoral de nuestra III Vicaría, ha permitido un acercamiento a la realidad y el descubrimiento de los desafíos actuales. Confrontarnos con esta realidad, desde nuestras prácticas pastorales y concepciones eclesiales, nos lleva a tomar conciencia de los ámbitos prioritarios y de la necesidad de propiciar cambios para una renovación integral. Uno de los ámbitos a renovar es la formación, la cual ha de ser permanente y adecuada a las necesidades pastorales y sociales, que llegue a los agentes y a toda la comunidad. Es necesario intensificar con mayor conciencia y atención la formación espiritual. En nuestra Arquidiócesis –nos dice el señor Cardenal- “la formación de agentes es el eje fundamental, “la columna vertebral” de nuestro modelo de Iglesia que queremos y requerimos para nuestra Ciudad” (OP 2009, 53)

    El documento conclusivo de la Conferencia de Aparecida expresa que la Iglesia, tiene el reto de mostrar la capacidad de promover y formar discípulos misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen en todos los ambientes la gratitud y alegría por el don del encuentro con Jesucristo (cf. DA 14). Así fortalece la confianza en nosotros, como Iglesia, para mantener este encuentro permanente y espiritual con Jesús: Maestro y Guía, como motivación para asumir su mismo estilo de vida. Esta forma era la manera en la que Jesús formaba a sus discípulos en el Espíritu Santo. Será el encuentro personal con Jesucristo el que imprima la identidad evangélica en cada uno de los agentes de pastoral de nuestra vicaría, el que nos inspire para enfrentar los retos de nuestra realidad y nos lleve a renovar la formación.

    Podemos afirmar que es tarea de nuestra Iglesia:

    Propiciar un encuentro personal con Cristo, conocimiento de la realidad y un programa de acción en constante revisión; formación adecuada y permanente; inserción en los diversos niveles y ambientes; unidad en la diversidad y trabajo conjunto en comunión fraterna, subsidiaria y solidaria, en fidelidad al trabajo común acordado (ECUCIM 4262). Con clara opción por la formación de los miembros de nuestras comunidades.

    Aparecida presenta otro desafío al presbiterio, considerado agente importante de la pastoral, insertarse en la cultura, conocerla y difundir el mensaje de Jesús, para esto ha de potenciar la formación en sus cuatro dimensiones: humana, espiritual, intelectual, pastoral (cf. DA 194).

    Hace también un llamado a las diócesis y las conferencias episcopales a desarrollar una pastoral presbiteral que privilegie la espiritualidad específica y la formación permanente (cf. DA 200). Con tal formación ellos han de ser impulso y motivación para los demás pastores, mediante una vida centrada en la escucha de la Palabra de Dios y en la celebración diaria de la Eucaristía.

    Por su parte, los diáconos:

    Deben recibir una adecuada formación humana, espiritual, doctrinal y pastoral con programas adecuados… Su formación los habilitará a ejercer con fruto su ministerio en los campos de la evangelización, de la vida de las comunidades, de la liturgia y de la acción social (DA 207).

    Respecto a los laicos el documento señala, que es importante se sientan corresponsables en su formación ya que:

    para cumplir su misión con responsabilidad personal, necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural. (DA 212).

    Las Orientaciones Pastorales del Señor Cardenal (2011), señalan un proceso seguro de crecimiento, responsable y activo, que atienda nuestro proceso formativo de maduración y renovación. Señala con claridad:

    Este itinerario, que se inicia con el llamado de Jesús a convertirnos al Evangelio y a seguir sus pasos. Este primer paso lo identificaremos como la etapa misionera o kerigmática, que deja el terreno preparado para que la persona acepte a Cristo en su vida y pueda recibir la iniciación cristiana o viva el proceso de reiniciación, si ya recibió el bautismo; después vendrá la catequesis, que ayudará a madurar la opción por Jesucristo y su inserción a la comunidad eclesial; este camino progresivo se completa con las primeras experiencias de servicio apostólico. Así se integra el proceso evangelizador, la experiencia fundamental de encuentro con Jesucristo, que será punto de referencia en la maduración subsecuente, por medio de las siguientes etapas de formación (OP 2011, 53).

    Podemos afirmar que la tarea formativa de nuestra Iglesia particular es la renovación y revitalización de la vocación cristiana mediante el encuentro constante con Jesucristo, sin dejar de mirar y sentirnos interpelados por la realidad, para que desde nuestro contexto y cultura, mantengamos un diálogo permanente que fortalezca nuestra vocación cristiana.

    Nuestra perseverante lucha por unificar la formación de los agentes a través de un itinerario adecuado, será la clave para renovar la misión y el cumplimiento del proceso evangelizador, enraizado en la realidad del mundo. Los mejores esfuerzos de las parroquias, en este inicio del tercer milenio, deben estar en la convocatoria y en la formación de los laicos misioneros (DA 174).

  • III Renovación de la Misión

    Este plan se realiza con el propósito de renovar nuestra pastoral desde la raíz, queremos caminar siempre a la luz del gran misionero y pastor, Jesús el enviado del Padre y ungido por el Espíritu para darnos la Buena Nueva de la salvación. Ese Jesús de Nazareth nos ha dicho “como mi Padre me ha enviado así los envío yo a ustedes”, haciéndonos así una Iglesia misionera, partícipes del envío hecho a él, hijo predilecto del Padre.

    La misión 2000, tenida en nuestra Arquidiócesis para celebrar el jubileo de la Encarnación, fue el impulso decisivo para poner en práctica el proyecto evangelizador surgido del II Sínodo Diocesano. En el objetivo de esa misión nos proponíamos:

    “Que sea difundida y vivida la fe en los campos en que ahora está ausente, y que se revitalice la vocación apostólica de los agentes y el espíritu de servicio de las instancias pastorales, de tal manera que fortalecido el proceso pastoral, de dimensión misionera, mayor organicidad y sentido catecumenal de anuncio, formación en la fe y compromiso; ese se convierta en la forma habitual de nuestra práctica pastoral” (Itinerario Pastoral para la Misión 2000, 9).

    A partir de este objetivo nuestra III Vicaría quiere fortalecer su compromiso evangelizador y vivir en Misión Permanente, proceso que implica una actitud de conversión, sostenida por la formación y la proyección de una espiritualidad misionera.

    La espiritualidad misionera nos dice el Señor Cardenal es el dinamismo interior que, a partir de la vivencia de la oración, de la Palabra y de la Eucaristía, impulsa a la acción pastoral con sentido misionero (OP 2011, 110). Esta se expresa en la entrega a los hermanos, es testimonio y exige la vida de comunión; es también, una pastoral encarnada y de diálogo con las culturas.

    El camino que ha seguido nuestra misión es el “proceso evangelizador con sentido misionero”, cuyo objetivo central es el encuentro con Cristo. Este encuentro con Cristo es propiciado por el primer anuncio y después debe ser sostenido por los otros momentos de la etapa misionera. Muy particularmente en nuestras comunidades, la reiniciación cristiana aplicada a los que completan sus sacramentos de iniciación, como a los que habiéndolos ya recibido deben afianzar el descubrimiento de Jesús y su fiel seguimiento.

    Tenemos claro que debemos continuar una catequesis formal y adecuada, que lleve a la madurez de la fe de los discípulos misioneros, y a mayor compromiso en el apostolado; en comunión con la propia comunidad y con nuestra Iglesia particular. En este caminar como discípulos-misioneros vamos viviendo la convicción, según la inspiración de Aparecida de que el kerigma no sólo es una etapa, sino el hilo conductor de un proceso que culmina en la madurez del discípulo de Jesucristo. Sin el kerigma, los demás aspectos de este proceso están condenados a la esterilidad (DA 278). Por tanto, hemos de descubrir continuamente a Cristo en nuestra vida.

    No queremos que nuestro camino se detenga ni que el entusiasmo decaiga. Tenemos que intensificar la misión en nuestras parroquias, a través del visiteo y de diversos tipos de contacto personal, para que todos nuestros hermanos experimenten el llamado a seguir al Maestro hasta quedarse con él, en la escucha de su palabra, la vivencia de la Eucaristía y en diálogo con él mediante la oración. Todo esto dinamizado por la participación en la vida de comunión con la Iglesia, por la inserción y compromiso con una comunidad menor. Asimismo, la sectorización en nuestras parroquias seguirá siendo un medio importante, para la organización pastoral práctica, hacer presencia de Iglesia en nuestros ambientes territoriales y culturales, viviendo la cercanía, la fraternidad y la solidaridad; con aquellos que de esta forma, reciban el testimonio de la comunidad católica.

    La sectorización “es un medio excelente para irradiar la luz y la fuerza del Evangelio mediante el anuncio explícito y, sobre todo, mediante el testimonio con los que  la nueva evangelización  busca penetrar capilarmente los diversos ambientes y grupos (OP 2011, 100).

    Especial atención habremos de poner en la iniciación cristiana, que abarca los primeros años de la vida y es la práctica más habitual en nuestras comunidades. Como lo indica el Directorio Pastoral para los Sacramentos de la Iniciación Cristiana, es importante darle todo el sentido de proceso y vincular esta iniciación con el proceso evangelizador, involucrando en él a las familias que acompañan a quienes reciben los sacramentos correspondientes.

    El proceso evangelizador es raíz y plataforma de la vida cristiana; esto quiere decir que, además de ponerlo como centro de todo plan pastoral, también hay que considerarlo punto de partida e impulso de toda formación para los discípulos de Jesús, todos ellos enviados a ser sus misioneros.

    Del análisis de la realidad para renovar el presente plan, constatamos en nuestro entorno una gran vaciedad de espíritu que se traduce en la búsqueda de lo infinito, de lo trascendente, en fin de cuentas, una gran necesidad de experimentar el amor que proviene de Dios. Estamos seguros de que la actitud misionera que nos impulsa a ir hacia todos nuestros hermanos, nace de la fuerza del Espíritu, pues hace manifiesta la razón de ser de la Iglesia: estar atenta a los reclamos de la sociedad para compartirlos, dejarse interpelar por ellos y entregar el mensaje del Evangelio (OP 2011, 93).

  • IV Renovación de las Estructuras

    Todos los grupos requieren de cierta estructura para funcionar bien y no caer en desorganización. También la comunidad de los discípulos de Jesús, está llamada a construir una nueva forma de relaciones, que generen estructuras no fundadas en la búsqueda de poder o dominio, sino sobre todo en la fraternidad y en el servicio:

    «Llegaron a Cafarnaum y, una vez en casa, les preguntó: ¿de qué discutían por el camino? Ellos callaban porque por el camino habían discutido acerca de quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» (Mc 9,33-36).

    Esta es la actitud fundamental de toda estructura en cualquier comunidad de creyentes, para quienes lo más importante es seguir el ejemplo del Maestro quien no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos (Mc 10,45). La escena que presenta el Evangelio de san Juan en la última cena: el Señor lavando los pies de sus discípulos, es elocuente y emblemática (cf. Jn 13,1-16).

    A pesar de los siglos, las comunidades cristianas han buscado con sinceridad seguir las enseñanzas del Señor, aunque no siempre lo han conseguido en su totalidad. En ocasiones se ha pasado por alto, incluso a veces pareciera que se busca exactamente lo contrario. Esto se manifiesta en actitudes desafortunadas como la búsqueda de privilegios, prerrogativas o ventajas personales, incluso la lucha de poderes. Necesitamos lanzar una mirada introspectiva, reconocer errores y renovar nuestros deseos de responder con autenticidad a las enseñanzas y ejemplos del Maestro e implementar recursos que ayuden a seguir a Jesús. De ahí, la necesidad de emprender caminos para conseguir actitudes genuinas de servicio fraterno, propiciando las estructuras necesarias y renovadas que coadyuven a la consecución de este fin, como recientemente nos ha recordado e invitado nuestro Pastor (cf. OP 2011, 30).

    No hay que destruir lo edificado a lo largo de la historia, en el caminar de la Iglesia, a partir de múltiples y variadas experiencias. Más bien, hemos de rescatar lo positivo, de fortalecer y potenciar lo que se ha tornado frágil y débil, de recoger y unificar lo esparcido y fragmentado, de purificar lo que se ha contaminado o viciado y de renovar lo envejecido, como el "escriba que se ha hecho discípulo" y que como padre de familia saca de su tesoro cosas nuevas y viejas (Mt 13,52).

    Su Santidad Benedicto XVI, al inaugurar la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida, Brasil, exhortó a las comunidades de nuestro continente a emprender una renovación y revitalización de la fe en Cristo, el único Maestro y Salvador. Sin esta renovación es impensable llevar adelante con fidelidad y autenticidad el proyecto salvador, que el mismo Dios nos ofrece en su Hijo. De esta fuente, decía el Papa, podrán surgir nuevos caminos y proyectos pastorales creativos, que infundan una firme esperanza para vivir de manera responsable y gozosa la fe e irradiarla así en el propio ambiente (cf. DIA 2).

    El mismo Documento de Aparecida recuerda que:

    Las transformaciones sociales y culturales representan nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. Sería grave y con consecuencias lamentables, ignorar o pasar por alto estos retos para la vida y misión de las comunidades cristianas. De allí nace la necesidad, en fidelidad al Espíritu Santo que la conduce, de una renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales (DA 367).

    El modelo paradigmático de la renovación comunitaria lo podemos encontrar ya desde las primitivas comunidades cristianas (cf. Hch 2,42-47), que supieron ir buscando nuevas formas para evangelizar de acuerdo con las culturas y las circunstancias (DA 369).

    La firme decisión misionera y la convicción profunda debe mover a las comunidades cristianas del Latinoamérica, para ello es necesario impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia (DA 365). Es imprescindible que el plan de pastoral, que buscamos construir para guiar el trabajo y la vida pastoral de la III Vicaría Episcopal de nuestra Iglesia Particular, entre y se comprometa en un proceso decidido de renovación en sus propias estructuras.

    Nuestro Arzobispo, Cardenal Norberto Rivera Carrera, en consonancia con el espíritu de renovación impulsado por el II Sínodo Diocesano (cf. ECUCIM 4229), llama a renovar las estructuras pastorales, para lograr una mayor eficacia en el mismo trabajo pastoral (cf. OP 2011,12). Nos recuerda que no se trata de eliminar, sino de integrar y renovar en función de una acción evangelizadora que debe estar en continuo dinamismo de evaluación y capacidad de reacción (OP 2011, 90).

    El Documento de Aparecida enfatiza que: la renovación de las parroquias, al inicio del tercer milenio, exige reformular sus estructuras, para que sea una red de comunidades y grupos, capaces de articularse logrando que sus miembros se sientan y sean realmente discípulos y misioneros de Jesucristo en comunión (DA 172). Tal exigencia es todavía mayor de modo particular en el mundo urbano, ya que es precisamente en estas realidades, como la que vive y enfrenta nuestra Arquidiócesis, donde se plantea la creación de nuevas estructuras pastorales, puesto que muchas de ellas nacieron en otras épocas para responder a las necesidades del ámbito rural (DA 173).

    La renovación de la pastoral tiene en el Documento de Aparecida especial relevancia cuando afirma: podemos realizar con alegría y valentía la evangelización de la ciudad actual.

    Ante la realidad de la ciudad se realizan en la Iglesia nuevas experiencias, tales como la renovación de las parroquias, sectorización, nuevos ministerios, nuevas asociaciones, grupos, comunidades y movimientos. Pero se notan actitudes de miedo a la pastoral urbana; tendencias a encerrarse en los métodos antiguos y de tomar una actitud de defensa ante la nueva cultura, de sentimientos de impotencia ante las grandes dificultades de las ciudades (DA 513).

    Sin negar los temores y resistencias humanas que surgen al iniciar todo proceso de renovación y las exigencias que implica, hay esperanzas que brotan de la fe y se fundan en la seguridad de que es Dios mismo quien guía, en su Hijo, por el Espíritu Santo, a su Iglesia. Emprendemos este proyecto renovador y revitalizador, para la comunidad de creyentes que quiere seguir y responder al llamado a ser discípulos y misioneros, que peregrina en la III Vicaría Territorial de nuestra amada Arquidiócesis de México.